Un sol amarillo ondea frente a la Gran Vía. Es el símbolo del 15M

Un sol amarillo ondea frente a la Gran Vía. Es el símbolo del 15M. Y detrás del símbolo, decenas de miles de personas que no llevan las banderitas de plástico de los sindicatos mayoritarios, todas iguales, tan asépticas como su discurso y bien agrupadas en la cabecera de la manifestación, para que los medios digan que era su manifestación, que Madrid estaba allí por ellos y que pide calma, diálogo, paz social. Por supuesto, los medios dicen exactamente eso. El sistema sólo reconoce a los interlocutores del sistema.

Pero a las dos menos cuarto de la tarde, sucede algo: El sol amarillo y gran parte de las decenas de miles de personas que lo siguen, rompen el cordón policial, se olvidan de Alcalá y empiezan a avanzar por la Gran Vía. Hasta entonces, la ciudad había vivido una de sus manifestaciones más extrañas. Nadie sabía dónde empezaban las caras de la rebelión y dónde las caras del paripé. Demasiada gente para que el «juntos pero no revueltos» no se transformara en un «revueltos pero no juntos». Hasta que, poco a poco, el 15M se encontró a sí mismo.

Fue en la Gran Vía, libres por fin de los que no saben si van o si vienen. Banderas republicanas, banderas anarquistas, las pancartas de las asambleas y un sinfín de consignas para prender mecha. Ya no era el movimiento de mayo. Era más revolución, más clase, más cultura, más organización, más acción; una fuerza capaz de marchar con otros por objetivos comunes y capaz de impedir a otros que asesinen el sueño. Cuando entramos en Sol, los del plástico se habían ido. Tenían prisa por comer. Nosotros, por cambiar un país.

Madrid, febrero.

— Jesús Gómez Gutiérrez

Malasaña.

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